miércoles, 30 de junio de 2010

Eureka


Hoy, mientras caminaba, vi tirado en el suelo y cara arriba, un creditrans (billete de transporte de Bizkaia) de 5 euros. Tenía marcas negras, como de haber sido pisado. Mi primer pensamiento fue: -estará agotado, alguien lo habrá desechado. Tres o cuatro metros más adelante, sentí un impulso, tuve una corazonada, una intuición que me hizo darme la vuelta y volver a por el susodicho ticket. Al mirar su reverso comprobé que tenía un saldo de 4.29 euros. Luego, mientras lo usaba muy felizmente en la canceladora del metro, embriagado por el sutil aroma de mi buena suerte y preso del eco de la voz en off de ese espíritu tio sobrino de Lucifer que todos llevamos dentro...y que nos hace ser a veces malos, malísimos, tan preso, que me hizo incluso jactarme sin remordimientos de la torpeza de la persona que perdió el creditrans, me puse a pensar en lo ocurrido. Habida cuenta de que yo no soy persona creedora en impulsos tarotianos, corazonadas astrofundamentadas, o intuiciones de ramita de romero, cavilando y cavilando y solo un momento después, aun sin estar sumergido en fluido alguno , ni habiendo líquido desalojado que pesar, pero, eso sí, experimentando como el ascensor de la estación ejercía sobre mi cuerpo un empuje vertical y hacia arriba..., cual matemático, físico, ingeniero, inventor y astrónomo griego, Don Arquímedes de Siracusa, grité: ¡Eureka!. Había comprendido por qué había vuelto a por el billete. El análisis parametral de los cálculos porcentuales acerca de las probabilidades algebraicas de que el creditrans tuviera saldo o no, apenas me llevó unos segundos. El razonamiento sobre la relación entre el sorprendentemente corto espacio de tiempo que mi cerebro empleó en el estudio y compresión de dicho análisis y mis verdaderas habilidades matemáticas (las mismas de una persona normal y corriente), me llevó a la conclusión de que, en cierto modo, yo "ya sabía" con anterioridad al momento de volver a por el billete, que éste tendría saldo. En realidad, todos los que usamos creditrans lo sabemos. La probabilidad de que alguien lleve consigo un creditrans sin saldo es muy baja pues, el resto acumulado en el ticket tras el último viaje siempre se suma (la máquina nos hace introducir el billete viejo) al nuevo creditrans que adquirimos y en ese momento, cuando tomamos el nuevo billete de la máquina, el viejo es desechado por nosotros. (Casi todos lo rompemos y lo depositamos en las papeleras del metro). De este modo, logaritmos neperianos aparte, se puede asegurar que casi cualquier billete creditrans encontrado en la calle siempre tendrá algo de saldo y la probabilidad de que ese saldo sea suficiente para hacer, al menos 1 viaje, es mayor a la probabilidad de que sea insuficiente. Aunque depende del destino, el precio medio por viaje es de 0.70 euros. Cada billete es válido para unos 7 viajes. Cualquier billete encontrado (perdido) en la calle habrá sido usado entre una y siete veces. Considerando la octava vez (en caso de que el billete no acabe roto en la papelera del metro) como otra posibilidad y la peor de las opciones (para quien encuentra un billete en la calle), la probabilidad de que el creditrans tenga un saldo insuficiente para hacer 1 viaje o esté completamente agotado es de una entre ocho, un 12,5 %. La probabilidad de que disponga de saldo para 1 viaje será también de un 12.5%, y lo mismo para 2,3,4,5 ó 6 viajes. (No podremos encontrar un billete para 7 viajes pues nadie compra un creditrans y se sale del metro sin usarlo). De este modo, si sumamos las probabilidades de encontrar un billete para 1,2,3,4,5 y 6 viajes más la mitad de la probabilidad del billete con resto que puede estar agotado o no, nos da un total de 81. Es decir, la probabilidad de encontrar un billete "válido" tirado en la calle es del 81%. Un verdadero matemático no dudará en discutirme estos números, es probable, y nunca mejor dicho lo de probable, pero no creo que me aleje mucho de la realidad. De todos modos, no es esto lo interesante del asunto. Antes dije que "en realidad, todos los que usamos creditrans lo sabemos". Así es. Aunque no nos dediquemos a hacer estos cálculos porcentuales de manera premeditada, nuestra mente, ya lo hace por nosotros a través de nuestro inconsciente. Pensamiento avanzado: Los presentimientos son en realidad motivaciones en nuestro intelecto de origen subliminal que nos empujan a realizar de forma súbita acciones que realizamos sobre la base de un conocimiento anterior.

jueves, 13 de mayo de 2010

Mi circo de los viernes


Una vez por semana voy a comer a un restaurante de buffet libre y self service (autoservicio). Es un restaurante no muy grande, con las mesas muy juntas, donde todos estamos como en una gran familia, codo con codo. Me encanta, me lo paso bomba estudiando a cada uno de los variopintos personajes que allí acuden, algunos como yo, de forma regular. Desde "el tomatero", un señor gordito con el pelo rizado, que siempre se sirve  de primero, un plato con veinte o veinticinco  tomates cherry, hasta "el intelectual", un ejecutivo de unos cuarenta y cinco  que, mientras come,  sostiene con la mano de su brazo izquierdo estirado  a la altura de su hombro, un libro de reciente edición. Del primero, me llama la atención la absoluta fidelidad (seguramente derivada de algún trastorno de ansiedad) a esta fruta-hortaliza. Es tanta su afición a la ingesta desproporcionada de este elemento tomatil, que es fácil distinguirlo por el intenso color rojo de su plato. Del segundo, el intelectual, me hace pensar su exagerada concentración en la lectura pues, seguramente le absorba el noventa y cinco por ciento  del  tiempo del almuerzo. Una vez, no le quité ojo, desde que llegó, hasta que se marchó, y pude contar tres patatas fritas y una albóndiga, como cantidad exacta de comida concerniente a su menú. Este comportamiento, y sus aires de superioridad,  (es dado a mirar muy sutilmente   por encima del libro hacia el horizonte de la ignorancia del resto de comensales que no llevamos, ni chaqueta y corbata, ni libro de reciente edición), delatan a este señor como un verdadero payazo. Luego están "las chicas diez".  Son cuarentonas de gimnasio al borde del abismo de la primera pata de gallo y las irremediables cartucheras que, en un intento desesperado por mantenerse eternamente jóvenes, se despachan un par de platos de kilo y medio de ensalada de pasta cada uno , eso si, disimuladamente regada con un potpourri de salsas tártaras, mahonesas y vinagres de Módena. Agua para beber, y de postre, una pera. Siento pena de ellas porque las veo sufrir. Hacen como que no les importa, como que van de chicas sanas y todo eso pero, lo cierto es que sus caras reflejan la amargura del sacrificio constante, cuando pasan de largo junto a la bandeja de los pasteles o la máquina de helados.  Pero quizás, lo más divertido de todo, sea el ejercicio de adivinar qué personas acuden por primera vez a un restaurante de buffet libre. Aquí es cuando verdaderamente me troncho de la risa. A la entrada del local hay un cartel que dice: “All you can eat”. Este mensaje, que te invita a comer todo lo que puedas, ejerce sobre los primerizos una influencia tal, que te lleva a querer llenar la barriga como si nunca más fueses a comer. Reconozco que a mi me ocurrió lo mismo el primer día. Una vez que pagas en caja, una extraña sensación de que todo es gratis se apodera de ti y te incita a querer probar todos los platos. Por eso, es fácil distinguir a los que entran por primera vez, porque llenan sus bandejas con  el doble de comida que el resto, algunos, incluso el triple. He visto a novatos del buffet libre comer espagueti con los dedos, y gente que se sirve dos cafés y un té al mismo tiempo. Mis observaciones me dicen que la gula se manifiesta por igual en personas de toda clase social. A este restaurante , acuden desde estudiantes hasta empresarios, y en todos los casos, siempre refiriéndome a la primera vez, el apetito desordenado es el denominador común entre ellos. Con un poco de suerte además, se pueden observar otras conductas más complejas, conformadas a partir de la mezcla de varias de ellas; de este modo pude ver, en una ocasión, como un señor de postín se guardaba un plátano en el bolsillo de la chaqueta con una mano, mientras con la otra hablaba por su flamante   iPhone. Un clarísimo ejemplo de clepto-gula. Pero un restaurante de buffet libre, da incluso para más. Desde "el maniático"  que limpia una y otra vez los cubiertos hasta que relucen y ordena sin cesar el taco de servilletas en la bandeja, hasta "el torpe" que derrama la coca cola en el libro del intelectual y te pisa cuando se levanta para recoger de debajo de su mesa uno de los tomates cherry que se le cayeron al señor gordo de los pelos rizados. "El que come al revés", empezando por la fruta y terminando por la sopa,  o "el mal educado", que te pone sus platos sucios en tu mesa y se queda tan fresco. "El pintor"…, un bohemio que casi siempre aparece con un enorme cuadro de 1.20 x 1.20m y altera la paz del restaurante porque tenemos que levantarnos todos para que él pueda  pasar, o "la de los pistachos", una  con cara de estar chiflada que solo come pistachos y pan con mantequilla. Resumiendo, todo un circo..., mi circo de los viernes.

jueves, 22 de abril de 2010

Leonardo ya lo sabía


Las personas, a diferencia de los animales, seres estos infinitamente más inteligentes que nosotros, hacemos todo aquello que vemos hacer a los demás. Esto es debido a una ley muy primaria por la que se rige el ser humano desde sus orígenes, y que no distingue entre clases sociales. La ley del culo veo, culo quiero, viene a englobar en su desarrollo parámetros tales como la envidia o la falta de talento y/o personalidad. Con la sola aplicación de esta ley, es posible probar muchos de los repetidos comportamientos generalizados que, de forma cotidiana, podemos observar en cualquier parte, como por Ej., las modas. Que un chaval de doce años adopte, de la noche a la mañana, la costumbre de llevar un pantalón a medio caer, sin importarle enseñar los calzoncillos, o que muchas mujeres se den de guantazos en los mercadillos para conseguir el último bolso de imitación…de Dolce & Gabbana, son conductas culo veo, culo quiero. Sin embargo, aunque pueda resultar atractivo demostrar que, efectivamente, nuestras capacidades intelectuales o de raciocinio, inexistentes en los animales, no nos hacen superiores a ellos, no es ese el motivo de mis observaciones. Mi interés radica en otro tipo de acciones bien simples, (aunque no por ello dejan de ser fascinantes) que de forma automática el ser humano desempeña y que, aparentemente son más difíciles de explicar. Sea este el caso del consabido matrimonio que por los siglos de los siglos forme la oreja, cual fuera izquierda o derecha,  de cualquier carpintero y su eterno lápiz; pensemos acerca de ello. Dudo que la colocación de dicha barra de grafito y madera, en la oreja, por parte de estos artesanos del embero y el sapeli, sea fruto de moda alguna. El origen de esta maravillosa maniobra hay que buscarla en la perfecta  distribución mecánica de las articulaciones superiores que conforman nuestro cuerpo en relación al uso inconsciente que hacemos de ellas. (Las articulaciones). Si nos colocamos en la posición de trabajo del carpintero, bien sentados o bien de pie, y cogemos verticalmente un lápiz con la mano, podremos comprobar que, haciendo bascular el antebrazo sobre una bisagra imaginaria que sería el codo, y trazando una curva en dirección hacia nosotros mismos cuya cuerda correspondiera a la distancia entre los extremos de la hipotenusa  de un triángulo rectángulo, siendo a la vez el codo el vertice del ángulo opuesto a la hipotenusa de dicho triángulo, el lápiz irá a parar justo a la parte superior de nuestra oreja, acoplándose entre ésta y un lateral de la cabeza de forma matemática y precisa. Es habitual, cuando pensamos, rascarnos en la sien, así pues, si un carpintero se lleva la mano a la sien para rascarse mientras piensa, a la vez que  tiene el lápiz entre los dedos, enseguida se dará cuenta de que puede dejarlo en la oreja, para de este modo disponer de ambas manos libres. Apuesto a que el mismo Leonardo Da Vinci era conocedor de esta técnica y sabedor de las ventajas que le reportaba. Ahora bien, me asalta una duda: ¿cómo es que este hombre, inventor de casi todo…, no inventó el lápiz plano de carpintero cuyo diseño permite un mejor ajuste ergonómico lápiz-oreja-sien? O…es que acaso… ¿sí que lo inventó y nadie lo sabe?. Revisaré sus dibujos, tal vez haya pasado desapercibido para los investigadores.



martes, 20 de abril de 2010

La tontura del viajero


Otro extraño patrón de comportamiento colectivo que ha permanecido inalterable desde tiempos muy pretéritos, es el denominado tontura del viajero. Cuando viajamos, hacemos un montón de cosas raras, a cada cual más absurda. Para empezar, siempre hay una discusión por el número de asiento en el autobús o el tren. Procuramos sentarnos solos, nos molesta que alguien se siente a nuestro lado. Esta actitud es muy curiosa pues, es justamente opuesta a la que tenemos al salir de fiesta cuando, vamos de bar en bar buscando el que tenga más gente, el que esté más ambientado. Si el viaje es en tren, el cien por cien de los viajeros se levanta 15 minutos antes de llegar al destino y hace el último cuarto de hora del viaje en pie…¿? en el pasillo y con el equipaje entre las piernas, como si fueran a perder el turno para salir.  Previamente, faltando 20 minutos para la estación, todo el mundo habrá llamado con el móvil para decir que ya está llegando, que le quedan 20 minutos. (Algunos llaman una segunda vez cuando faltan 5 minutos para decir que le quedan 5 minutos). En las estaciones de las grandes ciudades o en los aeropuertos, la gente se sienta en el suelo para comer o para navegar por Internet con el portátil…incluso los ejecutivos se sientan en el suelo y hablan por el móvil de negocios. Esta actitud me deja fascinado porque se ejecuta ¡habiendo asientos libres! Pero claro, es más chic sentarse en el suelo de una estación…aún en invierno, con lo frío que está. Pero lo que más me cuesta comprender sobre la tontura del viajero, es el hecho de que todo el mundo, al llegar a una ciudad nueva, se de la paliza de querer ver todos los museos y monumentos. (Nadie ve en la tele documentales sobre museos y monumentos). Al final, lo que a la gente le gusta de los viajes es ir a las  tiendas y a los  bares. Y, ¿Qué decir del tema foto? ¿Por qué todo el mundo se hace una foto delante de los monumentos? Es intrigante: el turista llega al monumento, dispara la foto, se da media vuelta y se va. ¿? Muchas veces, sin siquiera contemplar el monumento, vista o paisaje…durante un momento. Esta claro, las fotos solo son las pruebas para después demostrar y al mismo tiempo dar envidia a los amigos de que hemos estado en tal o cual sitio. -Mira, este “soy yo” en la torre Eifel, estos “somos nosotros” en el Vaticano. Algunos incluso demuestran por adelantado, cuando antes de que tú hagas un viaje te dicen: -no dejéis de ver la Fontana de Trevi y si tenéis tiempo llegaros a Florencia, se puede ver en una mañana, a nosotros nos encantó. Pensamiento avanzado: “La tontura del viajero, tanto si el viaje es de negocios como si es de placer, mantiene a la persona en un estado de imbecilidad sostenida, desde el mismo momento en que hace las maletas hasta su regreso”. Quien viaja, cambia temporalmente de estatus y se siente más importante. Esto hace por Ej., que en caso de retraso en el vuelo se manifieste una actitud de solicitud de atención exagerada:- es una vergüenza, llevamos 3 horas en el aeropuerto y nadie ha venido a decirnos nada. La propina en los hoteles al chico de las maletas es otro ejemplo claro de ese falso estatus de persona importante que el viajero adquiere por derecho. ¿Como si no se explica que la misma persona que regala 5 euros al botones, robe después las toallas o las pastillas de jabón de la habitación del hotel? Nunca dejo de sorprenderme. 

jueves, 25 de marzo de 2010

Como la espuma


Pues ya lo veis,  y que conste que no es mi estilo vanogloriarme de mis éxitos pero, estoy de moda...En solo diez días de vida, Filosofía de Vanguardia ha recibido elogios de lectores en España, Estados Unidos y Australia.  Su popularidad crece como la espuma  y está en boca de todos...Ahora, a mi pesar,  tengo que  guardar durante un tiempo la pluma que cuenta las ideas. Volveré...

martes, 23 de marzo de 2010

Road R.I.P.


El ramo de flores que se ve en la foto, lleva “operativo” varios años. (Alguien…lo renueva cada vez que se seca). Varios años reclamando la atención de paseantes, varios años distrayendo a los conductores y, varios años fastidiando porque, imagino que, lo mismo que a mí, a más de uno que pase a diario por ese lugar, le molestará sobremanera encontrarse con esa especie de santuario urbano que nos recuerda constantemente que en ese sitio, alguien murió de forma trágica. Una vez más, otro caso de conducta social repetitiva, tan incomprensible, como absurda. La práctica del Road R.I.P (así lo he dado en llamar) está tan extendida que son muchas las carreteras, tanto urbanas como peri-urbanas, que albergan en alguna de sus curvas o rotondas uno  de estos santuarios. A ver, pensemos: ¿Por qué  hay que poner flores, (y posteriormente reponerlas una y otra vez) en el lugar “exacto” donde alguien perdió la vida? Si sobre una base alquitranada, que en este caso sería la carretera, aplicamos al binomio muerte/lugar una equipolencia exponencial simplificada y la trasladamos al resto de maneras de morirse…querría esto decir que si, por Ej., yo me muero de un infarto en la silla de una cafetería, mi familia o amigos tendrían que llevar flores a esa cafetería y colocarlas en dicha silla periódicamente hasta la eternidad o, del mismo modo, deberíamos llevar flores de por vida a la habitación del hospital donde la gente fallece…Tendría que haber ramos de flores por todas partes… pero claro, ni en los hospitales está permitido, ni en las cafeterías está permitido…pero sí, en las carreteras donde, los que practican el Road R.I.P., lo hacen hasta el extremo de acabar sustituyendo las flores naturales por otras artificiales con el afán de convertir en perpetuo el recuerdo del accidente en cuestión. Yo entiendo, por Ej., que se arrojen flores al mar por un acantilado en honor a alguien que se ahogó, y cuyo cuerpo no se encontró jamás, pero, en un accidente de coche o moto, que yo sepa, la persona que muere, ni se la lleva el viento ni se la traga el asfalto sino que, es enterrada o incinerada en un lugar apropiado para el posterior ejercicio de culto o tributo.. Por todo esto, mi pensamiento avanzado resuelve que,: colocar flores en el lugar de un accidente, implica por parte de quien lo hace, el desajuste premeditado de sus estructuras racionales más básicas,  con la única intención de obtener la compasión y  atención que su mente  necesita para fabricar el alimento emocional que mantiene viva su percepción masoquista del dolor. Estas personas, no pueden forzarnos a acudir al cementerio para hacernos partícipes de su sufrimiento, pero sí pueden, excusadas en la existencia de una tradición que no es tal, colocar “su cementerio” a nuestro paso.

domingo, 21 de marzo de 2010

Directamente proporcional

Una de las C.S.R. (conductas sociales repetitivas) mas absurdas que he analizado, es la que se produce cuando la gente está en presencia de un famoso. Hasta hace unos años, todo el mundo hacía una sola cosa en tal situación. Pedir al famoso un autógrafo. Hoy en día, se hacen dos cosas: primero echarle una foto con el móvil y después, pedirle el autógrafo. En ambos casos, se trata de llevarse de alguna manera una “prueba” de que han estado junto a…, cerca de…,o hablando con…tal o cual persona conocida, relevante o importante. Al mismo tiempo, las personas que se encuentran físicamente cerca de un famoso, manifiestan un estado de tontura superlativo que es directamente proporcional al nivel de popularidad del personaje en cuestión. Así, no será lo mismo la cara de idiota que muestra alguien que coincide en una firma de libros en Fnac con Boris Izaguirrre, que la cara de idiota que se le pone a esa misma persona si viera pasar muy cerca de el o ella a SSMM el Rey Juan Carlos I. Hay muchos/as que incluso, en el momento del encuentro con el famoso (después de hacerle la foto) telefonean de inmediato a sus amigos o familiares. –Oye, no te vas a creer a quien estoy viendo ahora mismo. Pero, ¿por qué sucede esto? Sin profundizar en otras valoraciones relacionadas al efecto, como los comportamientos en masa (fanatismo, idolatría), o la enorme influencia de la tele basura o prensa basura sobre la cultura de países como España, donde el número de tontos por famoso es mayor que en cualquier otro lugar del mundo, el pensamiento avanzado en relación al embrujo en sí que los famosos ejercen sobre las personas, me hace decantarme hacia una imperfección (adquirida gracias a una educación deficiente) en la autogestión de nuestra propia valoración personal.