sábado, 12 de marzo de 2011
Fútbol
lunes, 29 de noviembre de 2010
Dejar de fumar, un segundo
Hoy, hace un año que dejé de fumar. Ya no tengo los dedos amarillos, mis dientes están más blancos y ahora mis catarros duran cuatro días en lugar de 16. Tengo mejor color de cara, puedo subir 20 pisos por las escaleras sin cansarme y puedo estar en un centro comercial mirando tiendas tranquilamente, sin sentir ese demonio dentro de mí que me pedía salir a la calle constantemente para encender otro y otro y otro y otro y otro cigarro más. Hoy, hace un año que no tengo que darle explicaciones a mis pulmones, discutir con mi sentido común, ni convencer a la gente que me rodea de cosas, que ni yo mismo creía y hoy, hace un año que soy libre. Libre, porque he dejado de meterme en la boca 7.500 cigarros que, a razón de diez caladas por cigarro hacen, 75.000 veces que he dejado de respirar humo con su correspondiente alquitrán, nicotina y resto de sustancias venenosas. A mi vida han regresado olores perdidos 20 años atrás y ahora, la comida me sabe más rica. Por si fuera poco, he ahorrado 1.200 euros que, a lo mejor, me gasto en una tele de 40 pulgadas. Y todo esto, que yo sepa porque, además, según los médicos, las mejoras para mi salud son innumerables. Pero lejos de estadísticas y celebraciones, ahora lo veo mejor, ahora estoy en el otro lado. Cuando observo a la gente que fuma me doy cuenta de lo terrible que es el tabaco para la humanidad, está claro, el tabaco es el cáncer del mundo, pero del mundo de los humanos. Tantas personas en todos los lugares con el cigarro en la mano haciendo siempre lo mismo, a todas horas, me hace pensar que el ser humano es tan pobre de inteligencia que, ni el más tonto de los animales. ¡Cómo si no se explica que éstos huyan del humo y nosotros por el contrario, lo metamos dentro de nuestro cuerpo!. Nuestra capacidad de razonar también es nuestra capacidad de convertirnos en idiotas. Idiotas que se transforman en adictos a un ritual tan absurdo y estúpido, como encender cigarros y fumarlos. Sí, ya se que diréis que el tabaco es más que todo esto, que tiene ciertos componentes que lo hacen muy poderoso, y que genera una dependencia física muy difícil de superar y bla, bla…y bla, bla… Tonterías, que me perdonen los fumadores por llamarlos idiotas, pero lo son, como yo lo he sido durante más de 20 años. Si durante esos 20 años yo hubiese sido un perro o un gato, nunca hubiera fumado. Esto es así y no existe argumento que me pueda demostrar lo contrario. La inteligencia racional de la que los animales carecen, y que en teoría nos hace superiores a ellos, es la única responsable de que fumemos, por eso, es esa misma inteligencia la que tiene que superponerse a la adicción, psíquica o física. Yo no pretendo que este artículo sea un tratado para dejar de fumar, ni el discurso excesivamente exultante de un ex fumador que quiere dar clases de nada… a los fumadores. Solo quiero aportar mi grano de arena y que mi experiencia sirva para que alguien, como yo, pueda acometer con éxito la empresa de abandonar el hábito del tabaco. Dejar de fumar no es tan difícil como lo pintan, creerlo así es un error como tantos errores y falsas creencias hay en la vida. Es más, dejar de fumar es muy sencillo. Lo de la adicción, el mono y todo eso, es una chorrada. Solo dura unos días. ¿Quién no es capaz de estar unos días agobiado? Una gripe dura una semana y nadie se muere. Un dolor de muelas puede durar ¡meses! y nadie se muere. Una mala resaca es peor que el peor de los días que duró mi síndrome de abstinencia. Algunos tenéis resaca todos los fines de semana…Pero claro, es muy fácil apoyarse en la excusa de que el tabaco es una adicción universal, que si tantos millones de personas no pueden dejarlo por algo será, etc, etc. Yo voy a exponer mi teoría, el que quiera creerme no hará sino dar su confianza a los pensamientos de otro, cosa que, por cierto, hay que hacer de vez en cuando: “El hábito del tabaco es un cable suelto en nuestra cabeza, solo hay que encontrar ese cable y enchufarlo”. Se tarda un segundo en hacerlo. Ese es el tiempo que yo tardé en dejar de fumar.
domingo, 3 de octubre de 2010
Yo y mi aburrimiento
Diecisiete de Agosto, playa de La Salvé, Laredo, Cantabria. Con el cielo todavía naranja, yo y mi aburrimiento nos vamos a la caza y captura de personas que se comportan de forma extraña y cuyas conductas coinciden con las de otras, que a su vez imitan a muchas y muchas más. Parece ser que en vacaciones la gente se desinhibe en cuanto a su manera de sobreactuar y, por supuesto, copiar a los demás. Esta es la primera conclusión que saqué nada más poner mis zapatos (que no mis pies) en la arena y ver a una docena de hombres cincuentones de gran barriga cervecera que caminaban al trote (se supone que haciendo deporte) en dirección contraria a otra docena de, en este caso, mujeres cincuentonas que no tenían barriga pero si un enorme culo muy mal disimulado por el pareo de marras y que también caminaban al trote, un nutrido grupo de gente muy chic haciendo tai chi a las órdenes de un argentino muy che que se parecía a Sandokan, y un par de otros volando cometas. Resumiendo, que yo era el único que estaba en la playa a las ocho de la mañana sin hacer cosas que se hacen en la playa a las ocho de la mañana. Durante un buen rato anduve perdido en el pensamiento de saber que si al día siguiente, o al otro, o al otro, o al otro…volvía a la playa a las ocho de la mañana, me volvería a encontrar a otra docena de hombres y mujeres caminando al trote, otro nutrido grupo de gente chic haciendo tai chi a las órdenes de un profesor argentino muy che, y otro par de otros volando cometas y, por supuesto, sabiendo que si volvía a la playa al día siguiente, o al otro, o al otro, o al otro…volvería a ser testigo del, a mi juicio, comportamiento social repetitivo por excelencia de las ocho de la mañana en cualquier playa del mundo mundial: el paseo a pies descalzos (sandalias/playeras/mocasines/etc. en mano) por la orilla del mar. De todas las tonterías que se pueden hacer en la playa, es la de pasear descalzos por la arena, la que seguramente pone de manifiesto de una forma más elevada, la idioted humana. Porque, si bien es cierto que al primer golpe de mar, nuestros pies, por aquello de saberse eternamente libres en un paraíso de agua y espuma y horizontes de barquitos veleros, se relajan y se muestran muy agradecidos, después de apenas diez o quince minutos, se van a ver sometidos a la tortuosa tortura de tener que soportar nuestro peso por un terreno hostil como no hay otro: la arena de la playa. No entiendo como tanta gente es capaz de caminar en tan malas condiciones durante tanto tiempo (algunos lo hacen durante horas) cuando, la verdadera sensación de placer y bienestar para los pies llegará en el momento en que abandonemos la arena de la playa y, tras calzarnos los zapatos, pisemos firme sobre terreno duro. Pensamiento avanzado: en la playa hay que hacer cosas de playa y punto. Caminar por la orilla es bueno porque todo lo que pase junto al mar es bueno, porque para eso es el mar, y los pies no pueden sufrir porque lo diga el filósofo este de pacotilla.
martes, 13 de julio de 2010
Premios Blogdeldia
Toca agradecer a los chic@s de Blogdeldia, el reconocimiento hacia Filosofía de Vanguardia como blog protagonista de su web en el día de hoy, 13 de Julio de 2010. ¡Hasta me han entrevistado!
miércoles, 30 de junio de 2010
Eureka
Hoy, mientras caminaba, vi tirado en el suelo y cara arriba, un creditrans (billete de transporte de Bizkaia) de 5 euros. Tenía marcas negras, como de haber sido pisado. Mi primer pensamiento fue: -estará agotado, alguien lo habrá desechado. Tres o cuatro metros más adelante, sentí un impulso, tuve una corazonada, una intuición que me hizo darme la vuelta y volver a por el susodicho ticket. Al mirar su reverso comprobé que tenía un saldo de 4.29 euros. Luego, mientras lo usaba muy felizmente en la canceladora del metro, embriagado por el sutil aroma de mi buena suerte y preso del eco de la voz en off de ese espíritu tio sobrino de Lucifer que todos llevamos dentro...y que nos hace ser a veces malos, malísimos, tan preso, que me hizo incluso jactarme sin remordimientos de la torpeza de la persona que perdió el creditrans, me puse a pensar en lo ocurrido. Habida cuenta de que yo no soy persona creedora en impulsos tarotianos, corazonadas astrofundamentadas, o intuiciones de ramita de romero, cavilando y cavilando y solo un momento después, aun sin estar sumergido en fluido alguno , ni habiendo líquido desalojado que pesar, pero, eso sí, experimentando como el ascensor de la estación ejercía sobre mi cuerpo un empuje vertical y hacia arriba..., cual matemático, físico, ingeniero, inventor y astrónomo griego, Don Arquímedes de Siracusa, grité: ¡Eureka!. Había comprendido por qué había vuelto a por el billete. El análisis parametral de los cálculos porcentuales acerca de las probabilidades algebraicas de que el creditrans tuviera saldo o no, apenas me llevó unos segundos. El razonamiento sobre la relación entre el sorprendentemente corto espacio de tiempo que mi cerebro empleó en el estudio y compresión de dicho análisis y mis verdaderas habilidades matemáticas (las mismas de una persona normal y corriente), me llevó a la conclusión de que, en cierto modo, yo "ya sabía" con anterioridad al momento de volver a por el billete, que éste tendría saldo. En realidad, todos los que usamos creditrans lo sabemos. La probabilidad de que alguien lleve consigo un creditrans sin saldo es muy baja pues, el resto acumulado en el ticket tras el último viaje siempre se suma (la máquina nos hace introducir el billete viejo) al nuevo creditrans que adquirimos y en ese momento, cuando tomamos el nuevo billete de la máquina, el viejo es desechado por nosotros. (Casi todos lo rompemos y lo depositamos en las papeleras del metro). De este modo, logaritmos neperianos aparte, se puede asegurar que casi cualquier billete creditrans encontrado en la calle siempre tendrá algo de saldo y la probabilidad de que ese saldo sea suficiente para hacer, al menos 1 viaje, es mayor a la probabilidad de que sea insuficiente. Aunque depende del destino, el precio medio por viaje es de 0.70 euros. Cada billete es válido para unos 7 viajes. Cualquier billete encontrado (perdido) en la calle habrá sido usado entre una y siete veces. Considerando la octava vez (en caso de que el billete no acabe roto en la papelera del metro) como otra posibilidad y la peor de las opciones (para quien encuentra un billete en la calle), la probabilidad de que el creditrans tenga un saldo insuficiente para hacer 1 viaje o esté completamente agotado es de una entre ocho, un 12,5 %. La probabilidad de que disponga de saldo para 1 viaje será también de un 12.5%, y lo mismo para 2,3,4,5 ó 6 viajes. (No podremos encontrar un billete para 7 viajes pues nadie compra un creditrans y se sale del metro sin usarlo). De este modo, si sumamos las probabilidades de encontrar un billete para 1,2,3,4,5 y 6 viajes más la mitad de la probabilidad del billete con resto que puede estar agotado o no, nos da un total de 81. Es decir, la probabilidad de encontrar un billete "válido" tirado en la calle es del 81%. Un verdadero matemático no dudará en discutirme estos números, es probable, y nunca mejor dicho lo de probable, pero no creo que me aleje mucho de la realidad. De todos modos, no es esto lo interesante del asunto. Antes dije que "en realidad, todos los que usamos creditrans lo sabemos". Así es. Aunque no nos dediquemos a hacer estos cálculos porcentuales de manera premeditada, nuestra mente, ya lo hace por nosotros a través de nuestro inconsciente. Pensamiento avanzado: Los presentimientos son en realidad motivaciones en nuestro intelecto de origen subliminal que nos empujan a realizar de forma súbita acciones que realizamos sobre la base de un conocimiento anterior.
jueves, 13 de mayo de 2010
Mi circo de los viernes
Una vez por semana voy a comer a un restaurante de buffet libre y self service (autoservicio). Es un restaurante no muy grande, con las mesas muy juntas, donde todos estamos como en una gran familia, codo con codo. Me encanta, me lo paso bomba estudiando a cada uno de los variopintos personajes que allí acuden, algunos como yo, de forma regular. Desde "el tomatero", un señor gordito con el pelo rizado, que siempre se sirve de primero, un plato con veinte o veinticinco tomates cherry, hasta "el intelectual", un ejecutivo de unos cuarenta y cinco que, mientras come, sostiene con la mano de su brazo izquierdo estirado a la altura de su hombro, un libro de reciente edición. Del primero, me llama la atención la absoluta fidelidad (seguramente derivada de algún trastorno de ansiedad) a esta fruta-hortaliza. Es tanta su afición a la ingesta desproporcionada de este elemento tomatil, que es fácil distinguirlo por el intenso color rojo de su plato. Del segundo, el intelectual, me hace pensar su exagerada concentración en la lectura pues, seguramente le absorba el noventa y cinco por ciento del tiempo del almuerzo. Una vez, no le quité ojo, desde que llegó, hasta que se marchó, y pude contar tres patatas fritas y una albóndiga, como cantidad exacta de comida concerniente a su menú. Este comportamiento, y sus aires de superioridad, (es dado a mirar muy sutilmente por encima del libro hacia el horizonte de la ignorancia del resto de comensales que no llevamos, ni chaqueta y corbata, ni libro de reciente edición), delatan a este señor como un verdadero payazo. Luego están "las chicas diez". Son cuarentonas de gimnasio al borde del abismo de la primera pata de gallo y las irremediables cartucheras que, en un intento desesperado por mantenerse eternamente jóvenes, se despachan un par de platos de kilo y medio de ensalada de pasta cada uno , eso si, disimuladamente regada con un potpourri de salsas tártaras, mahonesas y vinagres de Módena. Agua para beber, y de postre, una pera. Siento pena de ellas porque las veo sufrir. Hacen como que no les importa, como que van de chicas sanas y todo eso pero, lo cierto es que sus caras reflejan la amargura del sacrificio constante, cuando pasan de largo junto a la bandeja de los pasteles o la máquina de helados. Pero quizás, lo más divertido de todo, sea el ejercicio de adivinar qué personas acuden por primera vez a un restaurante de buffet libre. Aquí es cuando verdaderamente me troncho de la risa. A la entrada del local hay un cartel que dice: “All you can eat”. Este mensaje, que te invita a comer todo lo que puedas, ejerce sobre los primerizos una influencia tal, que te lleva a querer llenar la barriga como si nunca más fueses a comer. Reconozco que a mi me ocurrió lo mismo el primer día. Una vez que pagas en caja, una extraña sensación de que todo es gratis se apodera de ti y te incita a querer probar todos los platos. Por eso, es fácil distinguir a los que entran por primera vez, porque llenan sus bandejas con el doble de comida que el resto, algunos, incluso el triple. He visto a novatos del buffet libre comer espagueti con los dedos, y gente que se sirve dos cafés y un té al mismo tiempo. Mis observaciones me dicen que la gula se manifiesta por igual en personas de toda clase social. A este restaurante , acuden desde estudiantes hasta empresarios, y en todos los casos, siempre refiriéndome a la primera vez, el apetito desordenado es el denominador común entre ellos. Con un poco de suerte además, se pueden observar otras conductas más complejas, conformadas a partir de la mezcla de varias de ellas; de este modo pude ver, en una ocasión, como un señor de postín se guardaba un plátano en el bolsillo de la chaqueta con una mano, mientras con la otra hablaba por su flamante iPhone. Un clarísimo ejemplo de clepto-gula. Pero un restaurante de buffet libre, da incluso para más. Desde "el maniático" que limpia una y otra vez los cubiertos hasta que relucen y ordena sin cesar el taco de servilletas en la bandeja, hasta "el torpe" que derrama la coca cola en el libro del intelectual y te pisa cuando se levanta para recoger de debajo de su mesa uno de los tomates cherry que se le cayeron al señor gordo de los pelos rizados. "El que come al revés", empezando por la fruta y terminando por la sopa, o "el mal educado", que te pone sus platos sucios en tu mesa y se queda tan fresco. "El pintor"…, un bohemio que casi siempre aparece con un enorme cuadro de 1.20 x 1.20m y altera la paz del restaurante porque tenemos que levantarnos todos para que él pueda pasar, o "la de los pistachos", una con cara de estar chiflada que solo come pistachos y pan con mantequilla. Resumiendo, todo un circo..., mi circo de los viernes.
jueves, 22 de abril de 2010
Leonardo ya lo sabía
Las personas, a diferencia de los animales, seres estos infinitamente más inteligentes que nosotros, hacemos todo aquello que vemos hacer a los demás. Esto es debido a una ley muy primaria por la que se rige el ser humano desde sus orígenes, y que no distingue entre clases sociales. La ley del culo veo, culo quiero, viene a englobar en su desarrollo parámetros tales como la envidia o la falta de talento y/o personalidad. Con la sola aplicación de esta ley, es posible probar muchos de los repetidos comportamientos generalizados que, de forma cotidiana, podemos observar en cualquier parte, como por Ej., las modas. Que un chaval de doce años adopte, de la noche a la mañana, la costumbre de llevar un pantalón a medio caer, sin importarle enseñar los calzoncillos, o que muchas mujeres se den de guantazos en los mercadillos para conseguir el último bolso de imitación…de Dolce & Gabbana, son conductas culo veo, culo quiero. Sin embargo, aunque pueda resultar atractivo demostrar que, efectivamente, nuestras capacidades intelectuales o de raciocinio, inexistentes en los animales, no nos hacen superiores a ellos, no es ese el motivo de mis observaciones. Mi interés radica en otro tipo de acciones bien simples, (aunque no por ello dejan de ser fascinantes) que de forma automática el ser humano desempeña y que, aparentemente son más difíciles de explicar. Sea este el caso del consabido matrimonio que por los siglos de los siglos forme la oreja, cual fuera izquierda o derecha, de cualquier carpintero y su eterno lápiz; pensemos acerca de ello. Dudo que la colocación de dicha barra de grafito y madera, en la oreja, por parte de estos artesanos del embero y el sapeli, sea fruto de moda alguna. El origen de esta maravillosa maniobra hay que buscarla en la perfecta distribución mecánica de las articulaciones superiores que conforman nuestro cuerpo en relación al uso inconsciente que hacemos de ellas. (Las articulaciones). Si nos colocamos en la posición de trabajo del carpintero, bien sentados o bien de pie, y cogemos verticalmente un lápiz con la mano, podremos comprobar que, haciendo bascular el antebrazo sobre una bisagra imaginaria que sería el codo, y trazando una curva en dirección hacia nosotros mismos cuya cuerda correspondiera a la distancia entre los extremos de la hipotenusa de un triángulo rectángulo, siendo a la vez el codo el vertice del ángulo opuesto a la hipotenusa de dicho triángulo, el lápiz irá a parar justo a la parte superior de nuestra oreja, acoplándose entre ésta y un lateral de la cabeza de forma matemática y precisa. Es habitual, cuando pensamos, rascarnos en la sien, así pues, si un carpintero se lleva la mano a la sien para rascarse mientras piensa, a la vez que tiene el lápiz entre los dedos, enseguida se dará cuenta de que puede dejarlo en la oreja, para de este modo disponer de ambas manos libres. Apuesto a que el mismo Leonardo Da Vinci era conocedor de esta técnica y sabedor de las ventajas que le reportaba. Ahora bien, me asalta una duda: ¿cómo es que este hombre, inventor de casi todo…, no inventó el lápiz plano de carpintero cuyo diseño permite un mejor ajuste ergonómico lápiz-oreja-sien? O…es que acaso… ¿sí que lo inventó y nadie lo sabe?. Revisaré sus dibujos, tal vez haya pasado desapercibido para los investigadores.





